7 de septiembre de 2008

Pasando de la ortografía

¡Qué pocos de nosotros nos sentimos seguros cuando redactamos un texto, no nos olvidemos, en nuestra lengua! ¿Quién no ha dudado ante un punto, una coma y, sobre todo, ante el magnífico y demoledor punto y coma? No hablemos de las tildes, especialmente si recaen en un diptongo o son esas que se llaman diacríticas, es decir, las que le ponemos al pronombre y no al tu cuando no lo es. ¿Cuándo hay que poner comillas, utilizar una mayúscula, emplear la cursiva? ¿Los guiones y los puntos suspensivos, cuándo?

Las normas de ortografía han ido perdiendo prestigio porque no son, hoy en día, un valor que se cotice. Lo bien escrito no se exige, no se valora, no está de moda; por esto hemos llegado a una situación de desidia por nuestra lengua; lengua que, dicho sea de paso, la hablamos más de 400 millones de personas. La desgana lingüística se ha agrandado con la utilización de los móviles, donde está surgiendo la nueva ortografía de la síntesis y las prisas: una revolución que afecta especialmente al sistema de grafías, que puede llegar a ser reducido quizás algún día no muy lejano. En un mensaje aparecerá acer por hacer: esas malditas haches que nos hacen no saber la diferencia entre echo y hecho, ojear y hojear.

Cuando se lee publicidad, la que te dejan en el buzón, es raro el texto que no tenga algún error ortográfico; en los subtítulos de la televisión casi siempre se escapa algo; si vamos a unos grandes almacenes, los carteles llevan sus faltas incluidas. Lo grave es que nos pasan desapercibidas casi todas y lo más triste aún es que este tema nos resbala.



[Visto en Diario de Córdoba]


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