24 de octubre de 2010

Las editoriales la están cagando


Reproduzco el comienzo de un interesante artículo ("Las editoriales la están cagando", de Daniel Rodríguez Herrera), sobre la metedura de pata de las editoriales españolas en relación a los libros digitales. Rodríguez Herrera tiene toda la razón cuando habla del incompresible precio de los libros digitales cuando estos no tienen ni la tercera parte de los costes que supone la impresión de un libro tradicional, con sus gastos de imprenta, distribución y comercialización. Esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el último libro de Ken Follet que acaba de editarse.

Me imagino que, dentro de pocos años, el libro digital será una necesidad más que un capricho: el deterioro medioambiental obligará, sin duda, a su uso; pero como las editoriales no cambien su política de comercialización y ajusten los precios de una manera lógica, piratearemos libros de la misma manera que ocurre con la música y con el cine.

La industria debe dejar de lamentarse por una ficticia pérdida de beneficios y buscar otros medios de ingresos. La tecnología ya entró en nuestra vida hace mucho tiempo y la solución no es impedir su avance sino fomentarlo. Estamos viviendo una revolución y todos deben adaptarse.

De todos es sabido que los primeros que se compran la última novedad tecnológica suelen ser jóvenes. Los gadgets de última generación suelen estar en manos de aquellos que pueden permitírselo y tienen el suficiente entusiasmo como para pagar esa cifra extra que cuestan estos aparatos. Sin embargo, entre los primeros usuarios del Kindle abundaban los cincuentones. ¿Por qué? Bueno, existen razones prácticas como el hecho de que se puedan aumentar el tamaño de la letra, que siempre viene bien a quienes tengan problemas de vista cansada, que no suelen ser quinceañeros con acné. Pero quizá el perfil del lector no se corresponde exactamente con el friki que no se separa del ordenador. Es decir, de mí.

Es una ventaja de las editoriales que no tienen ni las discográficas ni los estudios cinematográficos: no sólo tienen un buen porcentaje de clientes que no son asiduos de las redes P2P, sino que entre quienes ponen material en internet hay en general menos entusiasmo por sus productos. Entre eso y que se venden relativamente pocos lectores electrónicos aún, lo cierto es que buscando en internet hay muchos menos libros que discos o pelis. Pero es quizá la única ventaja de la que disfrutan porque parece que se hubieran quitado las gafas de culo de botella hace diez años y no hubieran visto ninguno de los errores de las demás industrias de contenidos. Así que están poniendo los libros electrónicos a precios similares a los del papel, pese a que cualquiera con cultura suficiente como para querer leer algo entiende que los costes de producirlo ni se acercan. No hay que imprimirlo ni distribuirlo; no hay que llevarlo a casa. Teniendo el texto original, hacer una versión electrónica puede llevar un par de horas de trabajo no excesivamente especializado. Y poner un precio razonable inhibe de irse a internet a buscarlo gratis; la comodidad y sencillez de poder comprar y leer sin más también tienen un precio.

[Puedes seguir leyendo el artículo en Libertad Digital]

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